
aRtHuRin
Leer entre Lineas
Tuesday, December 14, 2010
Conozco mi suerte. Un día se apoyará en mi nombre el recuerdo de algo tremendo, el recuerdo de una crisis como no la hubo en la Tierra, de la más profunda colisión de conciencia, de una decisión conjurada contra todo lo que hasta entonces se había creído, exigido, santificado. Yo no soy un hombre, yo soy dinamita.
Me siento como si en el contacto con todos los hombres estuviera condenado al silencio o a la hipocresía.

“What I wanted was to die among strangers, untroubled, beneath a cloudless sky. And yet my desire differed from the sentiments of that ancient Greek who wanted to die under the brilliant sun. What I wanted was some natural, spontaneous suicide. I wanted a death like that of a fox, not yet well versed in cunning, that walks carelessly along a mountain path and is shot by a hunter because of its own stupidity…”
Monday, December 6, 2010
Exilio
Monday, November 15, 2010
Pobreza
y quieres a tu perro,
compartes con él tu comida.
No hay amor como el suyo.
Cuando eres pobre y estás hambriento
y tu perro se pone enfermo,
no puedes permitirte llevarlo
al veterinario.
Así que tienes que verlo cada vez más enfermo,
ver cómo tose sangre y llora toda la noche.
No puedes pagar para mandarlo a dormir suavemente.
Así que tu tío se pasa gratis por casa
y le pega a tu perro dos tiros en la cabeza
y lo entierra en el vertedero del pueblo.
Sherman Alexie, Diez pequeños indios
He was found by the Bureau of Statistics to be
One against whom there was no official complaint,
And all the reports on his conduct agree
That, in the modern sense of an old-fashioned word, he was a saint
For in everything he did he served the Greater Community.
Except for the War till the day he retired
He worked in a factory and never got fired,
But satisfied his employers, Fudge Motors Inc.
Yet he wasn’t a scab or odd in his views,
For his Union reports that he paid his dues,
(Our report on his Union shows it was sound)
And our Social Psychology workers found
That he was Popular with his mates and liked to drink.
The Press are convinced that he bought a Paper every day
And that his reactions to advertisements were normal in every way.
Policies taken out in his name prove that he was fully insured
And his Health-card shows he was once in a hospital but left it cured,
Both Producers Research and High-Grade Living declare
He was fully sensible to the advantages of the Installment Plan
And had everything necessary to the Modern Man,
A phonograph, a radio, a car and a frigidaire.
Our researchers into Public Opinion are content
That he held the proper opinions for the time of year;
When there was peace he was for peace when there was war he went.
He was married and and added five children to the population,
Which our Eugenist says was the right number for a parent of his generation,
And our teachers report that he never interfered with their education.
Was he free? Was he Happy? The question is absurd:
Had anything been wrong, we should certainly have heard.
W. H. Auden
Uno de los inventos más fecundos y remuneradores que el control social ha lanzado al mercado en los últimos años es el drogadicto. Pasto de sociólogos y psicólogos, de médicos y policías, de jueces, sacerdotes y políticos, esta dócil criatura mitológica “nuestro semejante y hermano, hipócrita lector” es sentimentalmente tan polivalente como un cuchillo de excursionista: infunde pánico, inspira compasión, suscita desprecio, merece castigo o readaptación, es objeto de estudio, simboliza y expresa como un logotipo penalizado los males de este siglo que le conjuró. Un interlocutor más sutil y melodramático definirá al drogadicto como “quien se deja esclavizar por las drogas”. La esclavitud, eso sí que es grave: desdichadamente, no resulta tan fácil precisar quién es esclavo, quién aficionado, quién amigo íntimo o simple aliado táctico.
Dejemos de lado la hipocresía mojigata: numerosísimos líderes políticos, grandes capitanes de industria, artistas, profesores de universidad y por supuesto policías y magistrados, toman habitualmente cocaína o heroína sin por ello hacer cosas más raras o reprobables que el resto de la población. No sé si tomar unas copas o pincharse de cuando en cuando mejora a nadie; admito que la salud pueda resentirse; pero el que cualquiera se convierta por ese medio en una piltrafa babeante de forma obligatoria es obviamente falso. Los hay que van al fútbol a pegarse con el vecino por un quítame allá ese gol y los que disfrutan olímpicamente del espectáculo: a unos la pasión futbolística les sienta mejor y a otros peor. Hace falta mucha química para convertir en piltrafa a quien no tiene vocación, mientras que sin química ninguna puede esclavizarse a multitudes.
Los valores de nuestra civilización los inventaron unos piratas mediterráneos cuyos ritos más sagrados de inmortalidad se iniciaban bebiendo un secreto brebaje alucinatorio; fueron reforzados por la aportación de una secta herética judía que tenía, como ceremonia fundamental, la ingestión de vino y una oblea de poderes mágicos espirituales; se han completado a través de los años con aportaciones de poetas, artistas y pensadores aficionados al vino, a la absenta, al ajenjo, al láudano, al éter, al opio, a la ginebra, etc. No, no es la defensa de la civilización lo que esa prohibición consigue, sino el auge de un negocio tan fabuloso que sus perseguidores y denunciadores oficiales son a fin de cuentas los menos interesados en que acabe jamás, lo que indefectiblemente ocurriría si (y sólo si) se legalizasen las drogas.
Añádase todo esto la invención científico-mítico-penal del drogadicto como chivo expiatorio posmoderno, y tendremos una de las prohibiciones más fecundas en consecuencias útiles al poder desde aquella famosa de la manzana en el primer jardín.
La Carretera de Cormac McCarthy
Libros que nos hacen reir a carcajadas en el metro, que nos hacen llorar en un café. Que nos aburren, que leemos sin entender, que abandonamos traicionando el acuerdo autor-lector, porque probablemente hemos dejado de creerle. Libros de tramas que olvidamos, de frases que recordaremos siempre, que releemos en la cotidianidad fuera de las letras.
Libros que nos afectan. Personajes que aparecen en sueños, finales que nos dejan perplejos.
La Carretera es una novela que terminé de leer el doce de noviembre del dos mil diez, a la una de la tarde en un café sonorizado por el nuevo álbum de Cee Lo Green. Un par de páginas antes de cerrar el libro los sonidos se extinguieron, los movimientos a mi alrededor no alcanzaban mi percepción. Miré un punto fijo donde refugiarme. Me detuve, se detuvo el mundo. Un momento por favor. Lloro un poco, me contengo. No puedo creerlo. No me puedo mover. Necesito un abrazo. No conozco a nadie. Me ofrecen más café, not yet. Me mira, se pregunta si estoy bien.
Tengo que salir. Necesito música tranquila para volver.
“Cuándo no tengas nada más, inventa ceremonias e infúndeles vida.”
El final da el justo valor a cada párrafo que le precede. Quizás, en el recorrido por la carretera podrían parecer demasiados. Por momentos también nos cansamos, como ellos, como el niño y el hombre que protagonizan una relación de padre e hijo en lo que parece ser el los últimos días sobre la tierra, los sobrevivientes al fin de la civilización.
El libro está logrado en sus mejores momentos por cuotas de terror que estremecen al lector. La cantidad de detalles delegados a la imaginación es la condición de posibilidad de la conmoción ante “el fatigoso contraespectáculo de las cosas dejando de existir”.
Es un libro importante para la narrativa estadounidense contemporánea, cuyas virtudes son las imágenes evocadas a través de la descripción de procesos elementales para la supervivencia cuando no queda nada más que una carretera que seguir. Los sutiles roces con la poesía de la naturaleza desahuciada. La inteligencia de un texto que juega con los sentimientos del lector sin manipularlos. La inagotable desesperanza.
Monday, November 8, 2010
Well, how did I get here?
Ride, Rise, Roar es el primer largo de David Hillman Curtis. El filme documenta la más reciente gira de David Byrne, cofundador de los Talking Heads y cuya última colaboración con Brian Eno, Everything That Happens Will Happen Today, cautiva en algunos escenarios del mundo en los que Byrne se presentó durante el 2008 y 2009.
Incluye las canciones (logradas a partir de tres cámaras ubicadas entre el público en cada concierto, tomas contínuas que mezclan diferentes presentaciones), Once in a Lifetime, Life is Long, I Zimbra, Road to Nowhere, One Fine Day, The Great Curve, My Big Nurse, Burning Down the House, Houses in Motion, Air, Life During Wartime, Heaven, I Feel My Stuff, Everything that Happens Will Happen Today. Entrevistas con Byrne, en su estudio en Nueva York, con los músicos, los bailarines, los coreógrafos, los coristas y la más encantadora de todas, con Brian Eno y Byrne explicando cómo trabajan juntos, cómo es que las personas nunca se preguntan por el significado de las melodías sólo por el de las letras, cómo funcionana como pareja creativa.
Es interesante cómo aquella habilidad que le leémos en su libro Bicycle Diaries, para hablar de la civilización a partir de su disposición a los ciclistas, por ejemplo, la vemos en el documental en las desiciones que toma para la elección de quienes colaboran para los conciertos, en la inclusión de la danza contemporánea en el acto en vivo, en los mismos movimientos, la vestimenta, los discursos, etc.